miércoles, 2 de abril de 2008

Chale con el adulterío (acento en la "i")

















“Uhh chale!!, pero cuantas ganas de chingar” me decía a mi mismo a los ocho años (supongo que con un lenguaje mucho más moderado, y digo supongo porque la neta no tengo idea de cuándo habré aprendido a decir "chale" y "chingar"), los adultos de mi casa no dejaban de regañarme," baja la voz, no azotes eso, no te levantas si no te acabas los chícharos, no te metas el dedo a la nariz, ya ensuciaste de nuevo..." De verdad eran limitaciones abundantes y aburridas.

Me juré más de una vez no ser un adulto así, que mis hijos, sobrinos o cualquier niño a mi alcance, no iba a recibir de mi parte tanta injusticia y olvido por las costumbres infantiles que nos han divertido a todos cuando niños. No lo logré.

Lo intento y no puedo, lo analizo y lo entiendo, lo intento de nuevo y fracaso. “Que congruente” me digo, “tú si que sabes cumplir promesas”, lo vuelvo a pensar y lo intento mucho más y no puedo.

¿Que imposibilidad me posee?, ¿qué perdí en 15 años?, ¿quién me hizo así?, el ADN es el mismo, la intención es la misma, la injusticia la reconozco, la promesa la recuerdo, las ganas las tengo, lo intento y no puedo.

Sólo pienso no hacer ninguna otra promesa que no esté seguro de poder cumplir...mejor sí.

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